miércoles, 17 de septiembre de 2014

El juez de los abrazos

Lee Shapiro es un juez retirado y también una de las personas más auténticamente amables y cariñosas que conocemos. En un momento de su carrera, Lee se dio cuenta de que el amor es el poder más grande que hay. Como resultado de ese descubrimiento se convirtió a la religión del abrazo: empezó a dar abrazos a todo el mundo. Sus colegas comenzaron a llamarlo «el juez de los abrazos». En el parachoques de su automóvil se lee: «No me fastidiéis, ¡abrazadme!».

Hace más o menos seis años, Lee inventó lo que él llama su «Equipo de abrazar». Por fuera dice: «Un corazón por un abrazo» y contiene treinta corazoncitos rojos bordados con un adhesivo al dorso.

Lee saca su «Equipo de abrazar», se acerca a la gente y le ofrece un corazoncito rojo a cambio de un abrazo. Gracias a esta práctica ha llegado a ser tan conocido que con frecuencia lo invitan a conferencias y convenciones donde puede compartir su mensaje de amor incondicional. En una conferencia que se realizó en San Francisco, los medios de comunicación locales le plantearon el siguiente reto: «Es fácil dar abrazos en esta conferencia dirigida a personas que han venido aquí porque han querido, pero eso sería imposible en el mundo real». Y lo desafiaron a que empezara a dar abrazos por las calles de San Francisco, seguido por un equipo de televisión de la emisora local. Lee salió a la calle y abordó a una mujer que pasaba.

—Hola, soy Lee Shapiro, el juez de los abrazos, y doy un corazón de estos a cambio de un abrazo —explicó.

—Cómo no —fue la respuesta.

—Demasiado fácil —objetó el comentarista local.

Lee miró a su alrededor y vio a una muchacha encargada de un parquímetro que lo estaba pasando mal a causa del propietario de un automóvil a quien estaba multando. Lee se encaminó hacia ella, con el cámara a su lado y le dijo:

—Me parece que a ti te vendría bien un abrazo. Soy el juez de los abrazos y me ofrezco a darte uno.

Ella aceptó.

—Mire, ahí viene un autobús —lo desafió el comentarista de televisión—.

Los conductores de autobús de San Francisco son la gente más dura, descortés y mezquina que hay en la ciudad. Vamos a ver si consigue usted que lo abracen.

Lee aceptó el reto. Cuando el autobús llegó a la parada, dijo al conductor:

—Hola, soy Lee Shapiro, el juez de los abrazos. El suyo debe de ser uno de los trabajos más agotadores del mundo. Hoy ando ofreciendo abrazos a la gente para aliviarles un poco la carga. ¿Le apetece uno?

El hombrón de un metro ochenta y cuatro y más de noventa kilos de peso se levantó del asiento, bajó y le dijo:—¿Por qué no? Lee lo abrazó, le dio un corazón y lo saludó con la mano mientras el autobús volvía a arrancar.

Los del equipo de televisión estaban mudos.

Finalmente, el presentador dijo:

—Tengo que admitir que estoy muy impresionado.

Un día, Nancy Johnston, una amiga de Lee, llamó a su puerta. Nancy es payaso de profesión e iba vestida con su disfraz de trabajo, maquillada y con nariz postiza.

—Lee, coge un montón de tus «Equipos de abrazar» y vamos al hogar de incapacitados. Tan pronto como llegaron, comenzaron a repartir globos, sombreros de carnaval, corazones y abrazos entre los pacientes. Lee se sentía incómodo:

nunca había abrazado a nadie que tuviera una enfermedad terminal, que padeciera graves disfunciones físicas o mentales. Decididamente, aquello era excesivo para dos personas. Pero pasado un rato las cosas se volvieron más fáciles, ya que se fue formando un cortejo de médicos, enfermeras y ayudantes que los seguían de un pabellón a otro.

Pasadas varias horas, llegaron al último pabellón donde se alojaban los treinta y cuatro casos más graves que Lee había visto en su vida. La sensación fue tan horrible que lo descorazonó; pero, dado su compromiso de compartir su amor para conseguir un cambio, Nancy y Lee empezaron a abrirse paso por la habitación, seguidos por el séquito de médicos y enfermeras, que por aquel entonces ya llevaban corazones colgados al cuello y lucían sombreros de carnaval.

Finalmente, Lee llegó a la última persona, Leonard, que llevaba un gran babero blanco sobre el cual babeaba incesantemente. Lee miró a Leonard, que no dejaba de babear, y después se volvió a Nancy diciéndole:

—Vayámonos, Nancy, a una persona así es imposible llegar.

—Vamos, Lee —respondió ella—. Es un ser humano como nosotros, ¿o no? Y le puso un sombrero de mil colores en la cabeza. Lee sacó uno de sus Corazoncitos rojos y lo pegó en el babero de Leonard. Después, tras hacer una inspiración profunda, se inclinó para abrazarlo.

Súbitamente, Leonard empezó a emitir un chillido.

Otros pacientes empezaron a golpear cacharros. Lee se volvió hacia el personal de la sala, en busca de alguna explicación, y se encontró con que todos los presentes, médicos, enfermeras y auxiliares, estaban llorando.

—¿Qué es lo que pasa? —preguntó a la jefa de enfermeras.

Lee jamás olvidará su respuesta:

—En veintitrés años, es la primera vez que hemos visto sonreír a Leonard.

Así de sencillo es cambiar en algo la vida de la gente.

Jack Canfield y Mark V. Hansen
 Tomado del Libro Sopa de Pollo para el Alm@.


Aprendiendo a usar el alma

Aprendo a usar el alma porque es la única forma de sentir la vida, de sentirme vivo, de conocer y empaparme de amor de verdad, de palpitar con todo y no solo con el corazón. Aprendo a usar el alma porque solo estoy aqui con ese propósito….

Aprendo a cambiar desde dentro…No lo de afuera…

Aprendo a amarme….Para poder amar a los demás…

Aprendo a ser amiga del silencio…Y lo encuentro también en el ruido…

Aprendo a usar los “seis” sentidos….Porque “sentir” es el sexto…

Aprendo a llorar con el alma….Porque eso también me enseña a reír con el alma….

Aprendo a amar con el alma…Porque es el único que llena y se puede compartir….

Aprendo a mirar con los ojos del alma…Porque solo con ellos puedo ver lo hermoso de todo y de todos…

Aprendo a dar caricias con el alma…Porque lo más dulce es acariciar otras almas…

Aprendo a sentir mi piel….Para que los demás también puedan sentirla…

Aprendo a quererme con el alma…Porque es la única forma de crecer…

Aprendo a desnudar el alma….Porque es el mayor regalo que puedo dar a los demás….

Aprendo a perdonarme cuando sale mal….Porque estoy aprendiendo…

Aprendo a vivir desde el alma….Porque es lo único que da significado a la vida…

Aprendo a ser yo….Aprendo a ser amor….Aprendo a ser un guerrero de luz…


Daniel F. Gerhart

martes, 16 de septiembre de 2014

Buscando a Buda…

Buda peregrinaba por el mundo para encontrarse con aquellos que se decían sus discípulos y hablarles acerca de la Verdad.

A su paso, la gente que creía en sus decires venía por cientos para escuchar su palabra, tocarlo o verlo, seguramente por única vez en sus vidas.

Cuatro monjes que se enteraron de que Buda estaría en la ciudad de Vaali, cargaron sus cosas en sus mulas y emprendieron el viaje que llevaría, si todo iba bien, varias semanas.

Uno de ellos conocía menos la ruta a Vaali y seguía a los otros en el camino.

Después de tres días de marcha, una gran tormenta los sorprendió. Los monjes apuraron el paso y llegaron al pueblo, donde buscaron refugio hasta que pasara la tormenta.

Pero el último no llegó al poblado y debió pedir refugio en casa de un pastor, en las afueras. El pastor le dio abrigo, techo y comida para pasar la noche.

A la mañana siguiente, cuando el monje estaba pronto para partir fue a despedirse del pastor. Al acercarse al corral, vio que la tormenta había espantado las ovejas del pastor y que este trataba de reunirlas.

El monje pensó que sus cófrades estarían dejando el pueblo y si no salía pronto, los demás se alejarían. Pero él no podía seguir su camino, dejando a su suerte al pastor que lo había cobijado. Por ello decidió quedarse con él hasta juntar el ganado. Así pasaron tres días, tras los cuales se puso en camino a paso redoblado, para tratar de alcanzar a sus compañeros.

Siguiendo las huellas de los demás, paró en una granja a reponer su provisión de agua. Una mujer le indicó dónde estaba el pozo y se disculpó por no ayudarlo, pero debía seguir con la cosecha… mientras el monje abrevaba sus mulas y cargaba sus odres con agua, la mujer le contó que tras la muerte de su marido, era difícil para ella y sus pequeños hijos llegar a recoger la cosecha antes de que se pudriera. El hombre se dio cuenta de que la mujer nunca llegaría a recoger la cosecha a tiempo, pero también supo que si se quedaba, perdería el rastro y no podría estar en Vaali cuando Buda arribara a la ciudad.

Lo veré algunos días después, pensó, sabiendo que Buda se quedaría unas semanas en Vaali. La cosecha llevó tres semanas y apenas terminó la tarea, el monje retomó su marcha…

En el camino, se enteró de que Buda ya no estaba en Vaali. Buda había partido hacia otro pueblo más al norte. El monje cambio su rumbo y se dirigió hacia el nuevo poblado. Podría haber llegado aunque más no fuera para verlo, pero en el camino tuvo que salvar una pareja de ancianos que eran arrastrados corriente abajo y no hubieran podido escapar de una muerte segura. Sólo cuando los ancianos estuvieron recuperados, se animó a continuar su marcha sabiendo que Buda seguía su camino…

…Veinte años pasaron con el monje siguiendo el camino de Buda… y cada vez que se acercaba, algo sucedía que retrasaba su andar. Siempre alguien que necesitaba de él, evitaba, sin saberlo, que el monje llegara a tiempo. Finalmente se enteró de que Buda había decidido ir a morir a su ciudad natal.

Esta vez, dijo para sí, es la última oportunidad. Si no quiero morirme sin haber visto a Buda, no puedo distraer mi camino. Nada es más importante ahora que ver a Buda antes de que muera. Ya habrá tiempo para ayudar a los demás, después. Y con su última mula y sus pocas provisiones, retomó el camino.

La noche antes de llegar al pueblo, casi tropezó con un ciervo herido en medio del camino. Lo auxilió, le dio de beber y cubrió sus heridas con barro fresco. El ciervo boqueaba tratando de tragar aire, que cada vez le faltaba más. Alguien debería quedarse con él, pensó, para que yo pueda seguir mi camino. Pero no había nadie a la vista. Con mucha ternura acomodó al animal contra unas rocas para seguir su marcha, le dejó agua y cómoda al alcance del hocico y se levantó para irse. Sólo llegó a hacer dos pasos, inmediatamente se dio cuenta de que no podría presentarse ante Buda, sabiendo en lo profundo de su corazón que había dejado solo a un indefenso moribundo… Así que descargó la mula y se quedó a cuidar al animalito. Durante toda la noche veló su sueño como si cuidara a un hijo. Le dio de beber en la boca y cambió paños sobre su frente.

Hacia el amanecer, el ciervo se había recuperado. El monje se levantó, se sentó en un lugar apartado y lloró… Finalmente, había perdido también su última oportunidad.

-Ya nunca podré encontrarte – dijo en voz alta.

-No sigas buscándome – le dijo una voz que venía desde sus espaldas – porque ya me has encontrado. El monje giró y vio cómo el ciervo se llenaba de luz y tomaba la redondeada forma de Buda.

-Me hubieras perdido si me dejabas morir esta noche para ir a mi encuentro en el pueblo… y respecto a mi muerte, no te inquietes, el Buda no puede morir mientras haya algunos como tú, que son capaces de seguir mi camino por años, sacrificando sus deseos por las necesidades de otros. Eso es el Buda, y Buda está en ti.

Jorge Bucay

Abrazar desde el alma

DIME CÓMO ABRAZAS…

¿Abrazamos? ¿A quienes abrazamos? ¿Con qué frecuencia abrazamos? ¿Cómo abrazamos? Estas preguntas importan y tener el valor de formularlas, cada quien en el altar de su silencio, aguardando con total honestidad las respuestas, es el camino para evolucionar. Muchas veces se define la meditación como esa práctica matutina hecha con tal o cual procedimiento según la escuela, eso en realidad es sólo un entrenamiento para la verdadera meditación que consiste en el arte de estar atento en todo momento. Observar, observarse, ver y comprender las señales que la vida nos envía a través del diseño único de nuestras relaciones, es el camino para ascender a un nuevo nivel de consciencia. Respondiendo a ¿cómo abrazamos? respondemos a todo… podríamos casi decir: “dime como abrazas y te diré quién eres”.

- Uno abraza a otros como abraza la vida.
– Uno abraza la vida como se abraza.

Hay infinidad de formas de abrazar que podríamos agrupar en tres categorías básicas:

ABRAZO FISICO – Sería aquel en que la consciencia, el énfasis, está en el cuerpo. Suelen ser cortos, fuertes y muchas veces son fríos ya que no se ponen en juego partes más profundas del ser. La respiración es superficial.

ABRAZO EMOCIONAL – Es como su nombre indica altamente emotivo, puede estar cargado de una serie de emociones que nos causan dolor como tristeza, angustia de separación o incluso de miedo. Con frecuencia comienza con dificultades para respirar y sollozos, que suelen desembocar en un liberador llanto hondo. En otros casos es el abrazo con el que compartimos una alegría, una buena noticia; suele ser dinámico y más corto que el anterior.

ABRAZO DEL ALMA – El alma tiene dos cordones por los que está conectada siempre a la triple personalidad, el hilo de vida que se ancla en el corazón y el hilo de consciencia que se ancla en el séptimo centro, la cabeza. Ambos se emplean durante el abrazo que involucra la consciencia meditativa o superior. Abrazar desde el alma no es una técnica es un modo de ser y de vivir, sin embargo hay – como en las prácticas meditativas – ciertas pautas que pueden ayudarnos a enfocar la consciencia y la energía. Lo fundamental insistimos, es la intención, y como suele ocurrir con toda práctica nueva, la visualización podría ser un estorbo al comienzo, pero será sin duda un potenciador una vez incorporada.

Con o sin visualización, con o sin conocimiento de que centros están implicados (y cómo y porqué), lo esencial es que una vez que estamos centrados, que nuestra respiración es profunda y pausada, (y que está centrada en el corazón) estamos prontos para abrazar. Es muy bueno procurar un buen acoplamiento en el momento del encuentro que nos permita tener el peso del cuerpo bien repartido entre las dos piernas de tal forma que nuestra consciencia no esté en sostener el equilibrio, sino en fluir, dar, celebrar el instante único. Cerramos los ojos y con máxima reverencia acogemos al otro como si le recibiéramos en nuestro templo, ingresando a la vez en su templo. Abrazamos con la fuerza justa, como si sostuviéramos en la mano a un pájaro, ni tan flojo que se nos vuele, ni tan apretado que se lastime. Somos conscientes de que el Padre está en nosotros y su fuerza, el masculino en nosotros, se emite a través de la mano derecha. Somos igualmente conscientes de la Madre en nosotros, de que su ternura, su aceptación, se trasmite a través de la mano izquierda.

En la quietud de sentir nuestra respiración y con devoción por la vida del otro simplemente dejamos el amor fluir. Sentimos que completamos al otro, que somos justo lo que en ese momento necesita, sentimos que el otro nos completa, por lo que nos da, por lo que nos permite dar, por ser el que es. Permanecemos en ese sentir y gradualmente los dos campos de energía se armonizan hasta que, en algunas ocasiones, ya no hay dos que respiran sino una única respiración que acontece entre ambos. Ya no hay dos campos de energía sino una sola nube de paz, ya no hay tiempo, ni sonidos, sino una profunda quietud que baña cada una de nuestras células con la vibración del alma.

ABRAZARNOS

Cómo era la pregunta que responde a todas las preguntas. Si abrazamos bien abrazamos mucho, por descontado.
Si abrazamos bien abrazamos a muchos, eso es bien seguro. Si abrazamos bien estamos disponibles casi siempre, eso es seguro. Así quizás la siguiente pregunta sería ¿cómo vivir para abrazar bien?

- Uno abraza a otros como abraza la vida.

- Uno abraza la vida como se abraza.

¿Te abrazas? ¿Te aprecias, te conoces? Si no nos conocemos no conocemos nuestras necesidades reales, no cuidamos de nosotros, no nos nutrimos. Si desconocemos nuestras necesidades reales empleamos nuestro tiempo y nuestra energía, procurando satisfacer necesidades falsas, necesidades que parten del no ser, que tienen que ver con programaciones, deseos de otros, reclamos surgidos desde la coraza del carácter. Así nos alejamos del corazón, de la autenticidad, de la unicidad, de la realización.

Si no nos abrazamos y abrazamos la vida es porque no hubo alguien en nuestro origen que nos abrazara desde el alma, con frecuencia, con amor. Y está bien, si lo admitimos, si lo tomamos como punto de partida, está bien.
No es necesario renunciar, no es inteligente seguir huyendo, no es constructivo negar las carencias. El primer movimiento para recibir ayuda real es creer que otra vida es posible, que otro mundo es posible. El segundo movimiento es elegirlo, vencer las falsas creencias de no merecerlo, abrirse.

Abrazar es estar abierto. Abrazar es dejarse abrazar y dejarse abrasar. Es vincularse desde dentro y dejarse conmover. Es dejarse tocar, no con la piel sino con el corazón y los sueños, no en la piel sino en el corazón y el alma. Si te dejas tocar por el alma, el alma está en ti, su fuego nutre tu corazón y canta a cada una de tus células. Tu calor enciende a aquellos que miras, que tocas, que abrazas. Tu ejemplo inspira. Tu compañía nutre. Tu presencia acompaña. Tu sonrisa ilumina. Tu alegría contagia.

Si te abrazas, si te quieres, si te reconoces, abrazas lo que te conviene, lo que te construye. Abrazar la verdad nos libera. Abrazar la responsabilidad nos madura. Abrazar el esfuerzo nos lleva a la fortaleza y la eficacia. Abrazar la sinceridad, la empatía y la apertura nos lleva a la amistad. Abrazar la inofensividad, la responsabilidad, la reciprocidad y la entrega lleva al amor. Abrazar el amor nos protege del falso amor, ese que siendo dependencia, apego, idealización nos niega, nos debilita y nos empobrece. Abrazar el amor es abrazar a un tiempo la valentía y la bondad ya que el amor no teme, el amor salvaguarda lo justo, lo noble, lo bueno. Abrazar el amor es ser testigo de Dios, mensajero de Dios, discípulo de Dios y serlo en el silencio magno del ejemplo.

ACTUAR EN CONSECUENCIA.

Si el contacto, el abrazo y el soporte afectivo prolongan la vida en caso de metástasis, si tienen un poder analgésico incluso para dolores severos, si mejoran el sistema inmunológico, si nos hacen sentir bien, más seguros, más queridos, más valiosos, más conectados a la vida ¿a que estamos esperando?

Podríamos hoy dejar de poner tanto énfasis en las cremas, las dietas, la ropa, los gimnasios, el dinero y tantas otras cosas y regresar a la verdad esencial, nos necesitamos. Necesitamos los unos de los otros. Expresar afecto, abrazar, dar, estar disponible, ser cordial, ser cálido es esencial para sanar la vida.

Podemos ingresar al ritual sagrado del abrazo de muchas formas. Podemos incorporarlos a los grupos de meditación (nosotros lo hemos hecho y todos lo disfrutamos de gran forma), a nuestros grupos de yoga. Podemos abrazar a los amigos con sólo pasar la barrera de los dos besos protocolarios un poquito más allá, ellos pronto tendrán la iniciativa. Hemos de abrazar mucho a nuestros hijos y acariciar a nuestras mascotas, los más pequeños siempre se nutren de nuestro amor, lo necesitan. Podemos contagiarnos unos a otros de las ganas de abrazar y ser abrazados, podemos fluir, experimentar, abrirnos, descubrirnos y sanarnos.

No aceptemos médicos distantes, no nos conformemos con profesores indiferentes, no permanezcamos en matrimonios inhabitados, abracemos la vida y elijamos gente que abrace la vida. El mundo es nuestro mundo, nuestra construcción.


El mágico despertar de los sentidos

lunes, 15 de septiembre de 2014

Tranquilo, calmado y conectado…

“Hay tres cualidades que se desarrollan conforme se profundiza en la meditación. Por ejemplo, empiezas a sentirte amoroso sin razón alguna. No el amor que conoces, en el que tienes que caer: no enamorarte, sino sólo una cualidad de ser amoroso, no sólo con los humanos. Conforme tu meditación se profundice, empezarás a ser amoroso no sólo con la humanidad sino con los animales, los árboles e incluso las rocas y las montañas.

Si sientes que algo queda fuera de tu amor, significa que estás estancado. Tu cualidad de ser amoroso debe extenderse a toda la existencia. Conforme tu meditación se eleva, tus cualidades más bajas empiezan a ser desechadas. No puedes manejar ambas. No puedes enojarte con tanta facilidad como antes. Lentamente se volverá imposible enojarse.

Ya no puedes traicionar, hacer trampa ni explotar de ninguna manera. Ya no puedes herir. Tu patrón de comportamiento irá cambiando con el cambio de tu consciencia interna.

Ya no caerás en estos momentos tristes en los que sueles caer: frustración, derrota, tristeza, falta de sentido, ansiedad, angustia; todo esto se volverá extraño poco a poco.

Llegará un momento en que aún si quieres enojarte encontrarás que es imposible; habrás olvidado el lenguaje del enojo. La risa vendrá con más facilidad. Tu rostro y tus ojos estarán alumbrados con una luz interior. Sentirás que te has vuelto ligero, como si la gravedad fuera menos fuerte que antes. Habrás perdido peso porque todas esas cualidades son muy pesadas: enojo, tristeza, frustración, engaño. Todos esos sentimientos son muy pesados. Tú no lo sabes, pero pesan en tu corazón y te vuelven duro.

Conforme crece la meditación sentirás que te vuelves suave, vulnerable. Así como la risa será fácil para ti, las lágrimas también lo serán. Sin embargo, esas lágrimas no serán de tristeza ni de pesar; sino de alegría, de éxtasis; serán lágrimas de gratitud. Dirán lo que la palabra no puede; esas lágrimas serán tus plegarias.

Por primera vez sabrás que las lágrimas no sólo expresan tu dolor, desolación y sufrimiento; así es como las hemos utilizado. No obstante, tienen un propósito mucho más grande que cumplir: son inmensamente hermosas cuando surgen como expresión del éxtasis.

Encontrarás, en general, expansión; verás que te éstas expandiendo, te estás volviendo más y más grande. No en el sentido del ego sino que tu consciencia se está extendiendo, está abarcando gente, tus manos se hacen más grandes al abrazar a gente lejana, las distancias se hacen pequeñas, aunque estén muy lejos, las estrellas están cerca, pues tu consciencia tiene alas.

Y es tan claro y cierto que no surge la menor duda. Si surge la duda, significa que estás estancado; entonces ponte más alerta, pon tu energía con más intensidad en la meditación. Pero si esto llega sin que haya duda…

Este mundo es extraño: si eres miserable, si sufres, nadie te dice que alguien te ha lavado el cerebro, que alguien te ha hipnotizado, pero si estás sonriendo, bailando alegremente en la calle, cantando una canción, la gente se escandaliza.

Te dice: “¿Qué estás haciendo? Alguien te ha lavado el cerebro. ¿Estás hipnotizado o te has vuelto loco?”.

En este mundo extraño el sufrimiento es aceptado como natural, la angustia es aceptada como natural. ¿Por qué?

Porque siempre que estás sufriendo y estás desolado haces que la otra persona se sienta feliz de no estar tan desolado, de no ser tan infeliz. Le das una oportunidad de mostrarte simpatía, y la simpatía no cuesta nada.

No obstante, si eres feliz y estás en éxtasis, esa persona no puede sentirse más feliz que tú; queda por debajo de ti.

Siente que algo va mal con él. Tiene que condenar, pues si no tendría que pensar en sí mismo, y eso le da miedo. Todo mundo tiene miedo de pensar en sí mismo porque significa cambiar, transformar, ir más allá de los propios procesos.

Es fácil aceptar gente con cara triste, es muy difícil aceptar gente que ría. No debería ser así. En un mundo mejor, un mundo con gente más consciente, no debería ser así, sino justamente lo opuesto; que cuando sufrieras la gente te preguntara: “¿Qué pasa? ¿Algo va mal?”, y cuando estuvieras feliz y bailando en la calle, la gente al pasar se uniera y bailara contigo, o al menos se sintiera feliz de verte bailar. No dirían que estás loco, pues bailar, cantar y ser alegre no es de locos; la desolación es de locos. Sin embargo, la locura es aceptada.

Conforme se desarrolla tu meditación, debes estar consciente de que estarás creando mucha crítica a tu alrededor y la gente te dirá: “Algo está mal contigo. Te hemos visto sentado solo sonriendo. ¿Por qué estabas sonriendo? No es sano”.

Estar triste es sano, pero sonreír no es sano.

Para la gente será rudo insultarte y que no reacciones. Simplemente dices “gracias” y sigues tu camino. Es rudo para ellos porque insulta profundamente al ego de la persona. Te quiso sumir en el drenaje y tú no aceptaste; ahora está solo en el drenaje. No te puede perdonar.

Así que si estas cosas empiezan a pasar, puedes estar seguro de que vas por el camino correcto. Pronto la gente con entendimiento, con experiencia, empezará a ver los cambios en ti. Empezarán a preguntarte qué te ha sucedido, cómo te ha sucedido. “También querríamos que nos sucediera a nosotros”. ¿Quién quiere ser miserable? ¿Quién quiere permanecer continuamente en la tortura interna?

Conforme tu meditación se haga más profunda, todas esas cosas empezarán a suceder: alguien te condenará, alguien creerá que estás loco, alguien con algún entendimiento te preguntará: “¿Qué te ha pasado y cómo puede pasarme a mí?”. Permaneces centrado, enraizado, basado en tu ser. No importa qué suceda alrededor. Te has convertido en el centro del ciclón, y sabrás cuando eso suceda.

Osho


Despierta al Niño Interior… ¡Hoy es el Día!

Vivir en el pasado y repetir esa historia una y otra vez es estar preso en una gran celda que construimos nosotros mismos, y en esa celda a veces fría, otras enorme, otras vacía nos vaciamos, nos sentimos perdidos y por sobre todo nuestro espíritu se congela y nos paralizamos.

Muchas veces dejamos de apreciar los valores de la vida, los que están en el presente y dejamos que se escurran de nuestras manos los momentos más hermosos o maravillosos ya que no nos damos cuenta que están sucediendo hoy porque estamos viviendo en el ayer.

Somos grandes generadores de culpas y nos autocastigamos con ellas una y otra vez… Si hubiera dicho… Si hubiera hecho… Si hubiera… y ya pasó de qué sirve hoy lamentarse. Tal vez estamos viviendo y castigándonos por los errores cometidos y ya nada puede hacerse, ya es tarde… Salimos del pozo y como si no pudiéramos vivir de otra forma volvemos cada tanto a visitarlo, y allí nos ensuciamos nuevamente, nos embarramos y entonces ¿de qué sirvió alejarnos y limpiarnos? De nada… para nada.

Debemos enfrentar la vida mirando hacia adelante, el pasado… ya pasó, poco o nada puede hacerse pero sí podemos trabajar con nosotros mismos para que no nos tentemos y cometamos los mismos errores en el presente.

Sería maravilloso que todos podamos despertar a ese niño interior que llevamos dentro. El niño de la alegría, de la carcajada espontánea, de la caricia sentida… Ese niño que no está muerto, sólo está dormido y que necesita que nosotros hagamos algo para que su sueño no sea un sueño eterno.

Volvamos a ese momento tan hermoso de nuestra infancia, despertemos a nuestro niño interior, vivamos como él nos enseñó, disfrutemos de la vida y no pensemos en el pasado una y otra vez…

Ese niño no lo hace, sólo siente, ama y sueña sin mirar atrás, sin pensar si disgustará a alguien con su manera de vivir, sin reparar si daña o acaricia, sólo vive y se entrega a la vida porque para él la vida es hoy: este presente.

Graciela de Filippis

domingo, 14 de septiembre de 2014

Vuelve a vivir la infancia…

Un niño requiere todo tipo de protecciones, pero tarde o temprano deja de necesitarlas. No obstante, esas protecciones permanecen arraigadas y se mantienen, e inevitablemente hay un conflicto entre la estructura y la consciencia.

Entonces sólo hay dos caminos. Uno es no permitir que la consciencia crezca. Así estás perfectamente cómodo, pero esa comodidad es como la muerte y además tiene un gran costo. La otra posibilidad es romper la estructura. Es fácil hacerlo si eres amigable, comprensivo, amoroso y agradecido hacia esa estructura porque te ha ayudado hasta ahora, te ha protegido.

Toda nuestra vida debe convertirse sólo una historia de comprensión: nada de miedo, nada de enojo: no hace falta. Son obstáculos innecesarios para la comprensión. Puedes hacer dos cosas que te ayudarán.

Todas las noches, antes de acostarte, siéntate en la cama y apaga la luz. Vuélvete un niño pequeño, tan pequeño como puedas conseguirlo, como puedas recordar; tal vez tres años, porque esa parece ser la memoria más antigua. Más atrás se te ha olvidado casi por completo. Vuélvete un niño de tres años. Todo está oscuro y el niño está solo. Empieza a llorar, balancéate y balbucea cualquier sonido, cualquier palabra sin sentido. No deben tener sentido, pues siempre que se lo encuentres, empezarás a controlar y a censurar. No hace falta que tenga sentido: cualquier cosa sirve. Balancéate, llora, chilla y ríe. Enloquece y déjate llevar. Te sorprenderás: comenzarán a aparecer muchos sonidos, a llegar a la superficie. Pronto te adentrarás y se convertirá en una meditación espectacular, apasionada. Si vienen gritos, grita, sólo disfrútalo por la diversión pura que causa, de diez a quince minutos. Después duérmete. Con la simplicidad y la inocencia de un niño, duérmete.

Esa será una de las cosas más importantes para derretir toda la estructura que hay alrededor de tu corazón y volver a ser un niño. Esto es para la noche.

Durante el día, siempre que encuentres una posibilidad… si estás en la playa, corre como un niño o empieza a recolectar conchas y piedras de colores. Si estás en el jardín, conviértete otra vez en un niño; empieza a correr tras las mariposas. Olvida tu edad, juega con los pájaros o con los animales, y siempre que encuentres niños, mézclate con ellos; no permanezcas como adulto. Esto es siempre posible. Simplemente tendido en un prado, siéntete como un niño pequeño bajo el sol. Siempre que sea posible permanece desnudo, de manera que puedas sentirte otra vez como un niño. Todo lo que se necesita es que te conectes otra vez con tu niñez. Ve hacia atrás en el tiempo siguiendo tu memoria. Tienes que llegar a la raíz, porque sólo pueden cambiar las cosas si podemos llegar hasta sus raíces; si no, es imposible.

Tan sólo haz esas dos cosas. Medita todas las noches y te sorprenderás de cómo viene la relajación, de lo profundo que se vuelve tu sueño y de lo bien que descansas. En la mañana no te sentirás como cuando tienes pesadillas, sudas y sientes presión en el pecho. Por el contrario, te sentirás relajado de tal manera, suelto, otra vez un niño pequeño, sin rigidez. Entonces, durante el día, siempre que haya una posibilidad de volverte un niño, no la desperdicies. En el baño, parado frente al espejo, haz caras como las haría un niño. Sentado en la tina, dale manotazos al agua como lo haría un niño o ten patos de plástico y cosas para jugar. Puedes encontrar mil y una alternativas.

El punto es que comiences a vivir otra vez tu niñez. Hay algo ahí listo para florecer pero no hay espacio. ¡¡¡ El espacio debe ser creado !!! .

Osho