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miércoles, 31 de julio de 2013

No juzgues anticipadamente

Una pareja de jóvenes tenía varios años de casados y nunca pudieron tener hijo, para no sentirse solos compraron un cachorro pastor alemán y lo amaron como si fuera su propio hijo...

El cachorro creció hasta convertirse en un grande y hermoso pastor alemán.

El perro salvo en más de una ocasión a la pareja de ser atacadas por ladrones, siempre fue muy fiel, quería y defendía a sus dueños contra cualquier peligro.

Luego de siete años de tener al perro, la pareja
Logro tener el hijo tan ansiado.

La pareja estaba muy contenta con su nuevo hijo disminuyeron las atenciones que tenían con el perro, este se sintió relegado y comenzó a sentir celos del bebe y ya no era cariñoso y fiel que tuvieron durante siete años.

Un día la pareja dejo al bebe plácidamente durmiendo en la cuna y fueron a la terraza a preparar una carne asada,

Cuál fue su sorpresa cuando se dirigían al cuarto del bebe y ven al perro en el pasillo con la boca ensangrentada, moviéndoles la cola.

El dueño del perro pensó lo peor, saco un arma que llevaba y en el acto mato al perro, corre al cuarto del bebe y encuentra una gran serpiente
Degollada....

El dueño comienza a llorar y exclamar....

¡¡He matado a mi perro fiel!!

Cuantas veces no hemos juzgado a las personas; lo que es peor las juzgamos y condenamos sin investigar a que se debe su comportamiento, cuáles son sus pensamiento y sentimientos...

Muchas veces las cosas no son tan malas como parecen, sino todo lo contrario...

La próxima vez que nos sintamos tentados a juzgar y condenar a alguien, recordemos la historia del perro fiel...

Así aprenderemos a no levantar falsos contra una persona hasta el punto de dañar su imagen ante los demás...

Debemos darnos cuenta que los sentimientos de las personas son frágiles y fáciles de dañar pero difícil de sanar...

Desconozco a su autor

domingo, 30 de junio de 2013

¿Cómo será ser el otro?


Cuando juzgamos, olvidamos ponernos en el lugar del otro,
ser el otro, y cerramos nuestro corazón.
Con el corazón cerrado, quedamos solos,
aunque estemos rodeados de gente.
En cambio, cuando dejamos de juzgar
abrimos nuestro corazón.

Y, con él, abrimos nuestros ojos.
Podemos ver al otro, saber quién es,
averiguar qué le pasa, cómo se siente.
Así, nuestros vínculos (de pareja, de amistad,
familiares, como padres, como hijos, con colegas)
se hacen más verdaderos, más profundos,
con bases más sólidas.
Desarrollamos la empatía y, con ella,
empezamos a desplegar uno de los atributos humanos
más elevados y esenciales para una vida plena,
con sentido: la aceptación.
Aceptación es más que tolerancia.
En la tolerancia queda aún un matiz de juicio
(Soy mejor que tú,
por eso te tolero a pesar de tus defectos).
Dejar de juzgar es empezar a conocer al otro.
Conocer es aceptar.
Y quien aprende a aceptar, nunca está solo.

Sergio Sinay