Mi vida es un lío. ¿Soy capaz de reconocerlo? Necesito tener receptividad. ¿Estoy dispuesto a reconocer que el sufrimiento y la congoja los fabrico yo mismo? Si eres capaz de darte cuenta, es que comienzas a despertarte.
Ordinariamente, buscamos alivio y no curación. Cuando sufres, ¿estás dispuesto a separarte de ese sufrimiento lo necesario para analizarlo y descubrir el origen que está detrás? Es preferible dejar que sufras un poco más, hasta que te hartes y estés dispuesto a ver. O despiertas tú, o la vida te despertará.
Las componendas y alivios son manejos comerciales del buen comportamiento que te ha metido en la mente tu sentido de buena educación. Si los miras, bien despierto, descubrirás que no son más que utilización, comercio de toma y daca y chantaje, más hipocresía. Cuando ves esto, ¿quieres quitarte el cáncer, o tomar un analgésico para no sufrir? Cuando la gente se harta de sufrir es un buen momento para despertar.
Buda dice: “El mundo está lleno de dolor, que genera sufrimiento. La raíz del sufrimiento es el deseo. Si quieres arrancarte esa clase de dolor, tendrás que arrancarte el deseo.”
¿El deseo es cosa buena? Es una cuestión de lenguaje, pues la palabra “deseo”, en español, abarca deseos buenos, que son estímulos de acción, y deseos estériles, que a nada conducen. A estos deseos, para entendernos, vamos a llamarlos apegos.
La base del sufrimiento es el apego, el deseo. En cuanto deseas una cosa compulsivamente y pones todas tus ansias de felicidad en ella, te expones a la desilusión de no conseguirla. De no haber deseado tanto que tu amigo te acoja, te contemple y te tenga en cuenta; de no desearlo tanto, no te importaría su indiferencia ni su rechazo. Donde no hay deseo-apego, no hay miedo, porque el miedo es la cara opuesta del deseo, inseparable de él.
Sin esta clase de deseos, nadie te puede intimidar, ni nadie te puede controlar o robar, porque, si no tienes deseos, no tienes miedo a que te quiten nada.
No hay pareja ni amistad que esté tan segura como la que se mantiene libre. Sólo es eterno lo que se basa en un amor libre. Los deseos te hacen siempre vulnerables.
Anthony de Mello
Iniciamos una aventura para re-inventarnos a través del conocimiento, con lecturas que nos permitan tener una mejor calidad de vida.
sábado, 11 de mayo de 2013
Donde hay amor… de Anthony de Mello
Donde hay amor no hay deseos. Y por eso no existe ningún miedo. Si amas de verdad a tu amigo, tendrías que poder decirle sinceramente: “Así, sin los cristales de los deseos, te veo como eres, y no como yo desearía que fueses, y así te quiero ya, sin miedo a que te escapes, a que me faltes, a que no me quieras.”
Porque en realidad, ¿qué deseas? ¿Amar a esa persona tal cual es, o a una imagen que no existe? En cuanto puedas desprenderte de esos deseos-apegos, podrás amar; a lo otro no se lo debe llamar amor, pues es todo lo contrario de lo que el amor significa.
El enamorarse tampoco es amor, sino desear para ti una imagen que te imaginas de una persona. Todo es un sueño, porque esa persona no existe. Por eso, en cuanto conoces la realidad de esa persona, como no coincide con lo que tú te imaginabas, te desenamoras. La esencia de todo enamoramiento son los deseos. Deseos que generan celos y sufrimiento porque, al no estar asentados en la realidad, viven en la inseguridad, en la desconfianza, en el miedo a que todos los sueños se acaben, se vengan abajo.
El enamoramiento proporciona cierta emoción y exaltación que gusta a las personas con una inseguridad afectiva y que alimentan una sociedad y una cultura que hacen de ello un comercio. Cuando estás enamorado no te atreves a decir toda la verdad por miedo a que el otro se desilusione porque, en el fondo, sabes que el enamoramiento sólo se alimenta de ilusiones e imágenes idealizadas.
El enamoramiento supone una manipulación de la verdad y de la otra persona para que sienta y desee lo mismo que tú y así poder poseerla como un objeto, sin miedo a que te falle. El enamoramiento no es más que una enfermedad y una droga del que, por su inseguridad, no está capacitado para amar libre y gozosamente.
La gente insegura no desea la felicidad de verdad; porque teme el riesgo de la libertad y, por ello, prefiere la droga de los deseos. Con los deseos vienen el miedo, la ansiedad, las tensiones y…, por descontado, la desilusión y el sufrimiento continuos. Vas de la exaltación al desespero.
Porque en realidad, ¿qué deseas? ¿Amar a esa persona tal cual es, o a una imagen que no existe? En cuanto puedas desprenderte de esos deseos-apegos, podrás amar; a lo otro no se lo debe llamar amor, pues es todo lo contrario de lo que el amor significa.
El enamorarse tampoco es amor, sino desear para ti una imagen que te imaginas de una persona. Todo es un sueño, porque esa persona no existe. Por eso, en cuanto conoces la realidad de esa persona, como no coincide con lo que tú te imaginabas, te desenamoras. La esencia de todo enamoramiento son los deseos. Deseos que generan celos y sufrimiento porque, al no estar asentados en la realidad, viven en la inseguridad, en la desconfianza, en el miedo a que todos los sueños se acaben, se vengan abajo.
El enamoramiento proporciona cierta emoción y exaltación que gusta a las personas con una inseguridad afectiva y que alimentan una sociedad y una cultura que hacen de ello un comercio. Cuando estás enamorado no te atreves a decir toda la verdad por miedo a que el otro se desilusione porque, en el fondo, sabes que el enamoramiento sólo se alimenta de ilusiones e imágenes idealizadas.
El enamoramiento supone una manipulación de la verdad y de la otra persona para que sienta y desee lo mismo que tú y así poder poseerla como un objeto, sin miedo a que te falle. El enamoramiento no es más que una enfermedad y una droga del que, por su inseguridad, no está capacitado para amar libre y gozosamente.
La gente insegura no desea la felicidad de verdad; porque teme el riesgo de la libertad y, por ello, prefiere la droga de los deseos. Con los deseos vienen el miedo, la ansiedad, las tensiones y…, por descontado, la desilusión y el sufrimiento continuos. Vas de la exaltación al desespero.
Cuando el arquero dispara gratuitamente de Anthony de Mello
Hay dos tipos de deseos o de dependencias: el deseo de cuyo cumplimiento depende mi felicidad y el deseo de cuyo cumplimiento no depende mi felicidad.
El primero es una esclavitud, una cárcel, pues hago depender de su cumplimiento, o no, mi felicidad o mi sufrimiento. El segundo deja abierta otra alternativa: si se cumple me alegro y, si no, busco otras compensaciones. Este deseo te deja más o menos satisfecho, pero no te lo juegas todo a una carta.
Pero existe una tercera opción, hay otra manera de vivir los deseos: como estímulos para la sorpresa, como un juego en el que lo que más importa no es ganar o perder, sino jugar.
Hay un proverbio oriental que dice: “Cuando el arquero dispara gratuitamente, tiene con él toda su habilidad.” Cuando dispara esperando ganar una hebilla de bronce, ya está algo nervioso. Cuando dispara para ganar una medalla de oro, se vuelve loco pensando en el premio y pierde la mitad de su habilidad, pues ya no ve un blanco, sino dos. Su habilidad no ha cambiado pero el premio lo divide, pues el deseo de ganar le quita la alegría y el disfrute de disparar. Quedan apegadas allí, en su habilidad, las energías que necesitaría libres para disparar. El deseo del triunfo y el resultado para conseguir el premio se han convertido en enemigos que le roban la visión, la armonía y el goce.
El deseo marca siempre una dependencia. Todos dependemos, en cierto sentido, de alguien (el panadero, el lechero, el agricultor, etc., que son necesarios para nuestra organización). Pero depender de otra persona para tu propia felicidad es, además de nefasto para ti, un peligro, pues estás afirmando algo contrario a la vida y a la realidad.
Por tanto, el tener una dependencia de otra persona para estar alegre o triste es ir contra la corriente de la realidad, pues la felicidad y la alegría no pueden venirme de fuera, ya que están dentro de mí. Sólo yo puedo actualizar las potencias de amor y felicidad que están dentro de mí y sólo lo que yo consiga expresar, desde esa realidad mía, me puede hacer feliz, pues lo que me venga desde afuera podrá estimularme más o menos, pero es incapaz de darme ni una pizca de felicidad.
Dentro de mí suena una melodía cuando llega mi amigo, y es mi melodía la que me hace feliz; y cuando mi amigo se va me quedo lleno con su música, y no se agotan las melodías, pues con cada persona suena otra melodía distinta que también me hace feliz y enriquece mi armonía. Puedo tener una melodía o más, que me agraden en particular, pero no me agarro a ellas, sino que me agradan cuando están conmigo y cuando no están, pues no tengo la enfermedad de la nostalgia, sino que estoy tan feliz que no añoro nada. La verdad es que yo no puedo echarte de menos porque estoy lleno de ti. Si te echase de menos sería reconocer que al marcharte te quedaste fuera. ¡Pobre de mí, si cada vez que una persona amada se va, mi orquesta deja de sonar!
Cuando te quiero, te quiero independiente de mí, y no enamorado de mí, sino enamorado de la vida. No se puede caminar cuando se lleva a alguien agarrado. Se dice que tenemos necesidades emocionales: ser querido, apreciado, pertenecer a otro, que se nos desee. No es verdad. Esto, cuando se siente esa necesidad, es una enfermedad que viene de la inseguridad afectiva.
Tanto la enfermedad, necesidad de sentirme querido, como la medicina que se ansía, el amor recibido, están basados en premisas falsas. Necesidades emocionales para conseguir la felicidad en el exterior, no hay ninguna; puesto que tú eres el amor y la felicidad en ti mismo. Sólo mostrando ese amor y gozándote en él vas a ser realmente feliz, sin agarraderas ni deseos, puesto que tienes en ti todos los elementos para ser feliz.
La respuesta de amor del exterior agrada y estimula, pero no te da más felicidad de la que tú dispones, pues tú eres toda la felicidad que seas capaz de desarrollar. Dios es la Verdad, la Felicidad y la Realidad, y Él es la Fuente, dispuesta siempre para llenarnos en la medida que, libremente, nos abramos a Él.
El primero es una esclavitud, una cárcel, pues hago depender de su cumplimiento, o no, mi felicidad o mi sufrimiento. El segundo deja abierta otra alternativa: si se cumple me alegro y, si no, busco otras compensaciones. Este deseo te deja más o menos satisfecho, pero no te lo juegas todo a una carta.
Pero existe una tercera opción, hay otra manera de vivir los deseos: como estímulos para la sorpresa, como un juego en el que lo que más importa no es ganar o perder, sino jugar.
Hay un proverbio oriental que dice: “Cuando el arquero dispara gratuitamente, tiene con él toda su habilidad.” Cuando dispara esperando ganar una hebilla de bronce, ya está algo nervioso. Cuando dispara para ganar una medalla de oro, se vuelve loco pensando en el premio y pierde la mitad de su habilidad, pues ya no ve un blanco, sino dos. Su habilidad no ha cambiado pero el premio lo divide, pues el deseo de ganar le quita la alegría y el disfrute de disparar. Quedan apegadas allí, en su habilidad, las energías que necesitaría libres para disparar. El deseo del triunfo y el resultado para conseguir el premio se han convertido en enemigos que le roban la visión, la armonía y el goce.
El deseo marca siempre una dependencia. Todos dependemos, en cierto sentido, de alguien (el panadero, el lechero, el agricultor, etc., que son necesarios para nuestra organización). Pero depender de otra persona para tu propia felicidad es, además de nefasto para ti, un peligro, pues estás afirmando algo contrario a la vida y a la realidad.
Por tanto, el tener una dependencia de otra persona para estar alegre o triste es ir contra la corriente de la realidad, pues la felicidad y la alegría no pueden venirme de fuera, ya que están dentro de mí. Sólo yo puedo actualizar las potencias de amor y felicidad que están dentro de mí y sólo lo que yo consiga expresar, desde esa realidad mía, me puede hacer feliz, pues lo que me venga desde afuera podrá estimularme más o menos, pero es incapaz de darme ni una pizca de felicidad.
Dentro de mí suena una melodía cuando llega mi amigo, y es mi melodía la que me hace feliz; y cuando mi amigo se va me quedo lleno con su música, y no se agotan las melodías, pues con cada persona suena otra melodía distinta que también me hace feliz y enriquece mi armonía. Puedo tener una melodía o más, que me agraden en particular, pero no me agarro a ellas, sino que me agradan cuando están conmigo y cuando no están, pues no tengo la enfermedad de la nostalgia, sino que estoy tan feliz que no añoro nada. La verdad es que yo no puedo echarte de menos porque estoy lleno de ti. Si te echase de menos sería reconocer que al marcharte te quedaste fuera. ¡Pobre de mí, si cada vez que una persona amada se va, mi orquesta deja de sonar!
Cuando te quiero, te quiero independiente de mí, y no enamorado de mí, sino enamorado de la vida. No se puede caminar cuando se lleva a alguien agarrado. Se dice que tenemos necesidades emocionales: ser querido, apreciado, pertenecer a otro, que se nos desee. No es verdad. Esto, cuando se siente esa necesidad, es una enfermedad que viene de la inseguridad afectiva.
Tanto la enfermedad, necesidad de sentirme querido, como la medicina que se ansía, el amor recibido, están basados en premisas falsas. Necesidades emocionales para conseguir la felicidad en el exterior, no hay ninguna; puesto que tú eres el amor y la felicidad en ti mismo. Sólo mostrando ese amor y gozándote en él vas a ser realmente feliz, sin agarraderas ni deseos, puesto que tienes en ti todos los elementos para ser feliz.
La respuesta de amor del exterior agrada y estimula, pero no te da más felicidad de la que tú dispones, pues tú eres toda la felicidad que seas capaz de desarrollar. Dios es la Verdad, la Felicidad y la Realidad, y Él es la Fuente, dispuesta siempre para llenarnos en la medida que, libremente, nos abramos a Él.
viernes, 10 de mayo de 2013
Hoy me acepto
Hoy me acepto tal cual soy, sin juzgarme, con todas mis emociones, todas mis esperanzas y sueños, mi personalidad, mi manera única de ser. Acepto mi cuerpo tal como es, con toda su belleza y perfección.
El poder de mi amor por mí, me recuerde que no tengo necesidad de vivir mi vida según la opinión de otros.
Tengo una total confianza en mi capacidad para efectuar las elecciones que sienta que debo hacer. Ya no tengo más miedo para afrontar mi vida, ni los problemas de los cuales encuentro la solución cuando se presenten. Lo que sienta llevar a cabo, lo puedo hacer ahora. En este aquí y en este ahora, me amo incondicionalmente de tal modo que no hago nada en contra de mí mismo. En este aquí y en este ahora, siento placer por la imagen que me devuelve el espejo.
Cada vez que una sonrisa ilumina mi rostro, se acrecienta mi belleza interior y exterior. Siento tal amor y aceptación totales hacia mí, que mi propia presencia me resulta siempre un placer. Armado de este poder del amor hacia mí, integro y transformo cada una de mis relaciones empezando por las relaciones que tengo conmigo mismo.
Me amo de tal modo, que sé y siento que no tengo nada, ni a nadie a quien perdonar. Acepto a los demás tal como son, sin juicios, porque cuando los rechazo, me rechazo a mí mismo. Y cuando me rechazo, se me rechaza a su vez. Hoy empieza un nuevo comienzo. Recomienzo mi vida en este día con el poder del amor a mí mismo. Aprecio mi vida, aprecio mis relaciones, exploro la vida, asumo riesgos, estoy vivo.
El poder de mi amor por mí, me recuerde que no tengo necesidad de vivir mi vida según la opinión de otros.
Tengo una total confianza en mi capacidad para efectuar las elecciones que sienta que debo hacer. Ya no tengo más miedo para afrontar mi vida, ni los problemas de los cuales encuentro la solución cuando se presenten. Lo que sienta llevar a cabo, lo puedo hacer ahora. En este aquí y en este ahora, me amo incondicionalmente de tal modo que no hago nada en contra de mí mismo. En este aquí y en este ahora, siento placer por la imagen que me devuelve el espejo.
Cada vez que una sonrisa ilumina mi rostro, se acrecienta mi belleza interior y exterior. Siento tal amor y aceptación totales hacia mí, que mi propia presencia me resulta siempre un placer. Armado de este poder del amor hacia mí, integro y transformo cada una de mis relaciones empezando por las relaciones que tengo conmigo mismo.
Me amo de tal modo, que sé y siento que no tengo nada, ni a nadie a quien perdonar. Acepto a los demás tal como son, sin juicios, porque cuando los rechazo, me rechazo a mí mismo. Y cuando me rechazo, se me rechaza a su vez. Hoy empieza un nuevo comienzo. Recomienzo mi vida en este día con el poder del amor a mí mismo. Aprecio mi vida, aprecio mis relaciones, exploro la vida, asumo riesgos, estoy vivo.
Futuro y presente
De ahora en adelante, y durante los próximos siglos, el universo va a ayudar a los guerreros de la luz, y a entorpecer a los que prejuzgan.
La energía de la Tierra necesita ser renovada, las ideas nuevas necesitan espacio, el cuerpo y el alma necesitan nuevos desafíos.El futuro se ha convertido en presente, y todos los sueños –excepto los que giran alrededor de prejuicios– tendrán la oportunidad de manifestarse.
Lo que es importante, permanecerá; lo que es inútil, desaparecerá. Cuando la gente opina sobre cómo hay que actuar o cómo debe uno comportarse, el guerrero desoye toda crítica, al entender que su misión no le da tiempo para ponerse a explicar todo lo que hace.
El guerrero evita también manifestarse sobre el comportamiento ajeno.
Combatir la injusticia
Dice T.H. Huxley: “Las consecuencias de nuestras acciones son espantapájaros para los cobardes, y rayos de luz para los sabios. El mundo es el tablero de ajedrez. Las piezas son los gestos de nuestra vida cotidiana; las reglas son las llamadas leyes de la naturaleza”.
Aunque esté concentrado en lo que hace, el guerrero de la luz no mira la injusticia con indiferencia. Sabe que todo es una sola cosa, que cada acción individual afecta a todos los hombres. Si ve a alguien que es víctima de ataques cobardes, blande su espada para poner las cosas en orden. Pero aunque luche contra la opresión, en ningún momento pretende juzgar al opresor. Todos responderán de sus actos ante Dios. Por eso, una vez cumplida su misión, el guerrero no hace ningún comentario. Un guerrero de la luz está en el mundo para ayudar a sus hermanos, y no para condenar al prójimo.
Evitar el pesimismo
Para ayudar a renovar la energía de la Tierra, hay que tener conciencia de que el pesimismo se contagia. El derrotismo se contagia. La desesperanza se contagia. La gente que tiene suficiente sensibilidad para ver el aura (vibraciones energéticas que envuelven a los seres vivos) percibe que, antes de que el dolor físico entre en el cuerpo, parte de la energía vital es drenada por el cerebro afligido y preocupado. Todo aquello que damos al día de hoy, de alguna manera nos será devuelto, en un ciclo muy semejante al que podemos ver en la naturaleza.
Aceptar algunos errores
El filósofo alemán F. Nietzsche dijo en una ocasión: “no vale la pena vivir discutiendo sobre todo; forma parte de la condición humana errar de vez en cuando”.
Sin embargo, todos conocemos gente que se empeña en tener razón hasta en las cuestiones más nimias. Nosotros mismos, muchas veces, nos incluimos en esta categoría: no nos permitimos errar. Lo único que conseguimos con esta actitud es el miedo a seguir adelante, pues ciertos pasos exigen nuevas decisiones, cuyos resultados desconocemos.
Y sobre todo, tener coraje
Para encarar con éxito este nuevo momento de la humanidad, para permitir que las ideas nuevas tengan espacio y que la energía de la Tierra sea renovada, hay que tener coraje. Coraje para enfrentarse a los prejuicios, para ser justo, para entender que todo aquello que hacemos afecta a la historia del mundo, para dar pasos hacia lo desconocido, aun sabiendo que de vez en cuando cometeremos un error.
Dios ya hizo su parte al crearnos y ponernos en el mundo. Ahora Él nos contempla con cariño y pide que hagamos nuestra parte.
Paulo Coelho
La energía de la Tierra necesita ser renovada, las ideas nuevas necesitan espacio, el cuerpo y el alma necesitan nuevos desafíos.El futuro se ha convertido en presente, y todos los sueños –excepto los que giran alrededor de prejuicios– tendrán la oportunidad de manifestarse.
Lo que es importante, permanecerá; lo que es inútil, desaparecerá. Cuando la gente opina sobre cómo hay que actuar o cómo debe uno comportarse, el guerrero desoye toda crítica, al entender que su misión no le da tiempo para ponerse a explicar todo lo que hace.
El guerrero evita también manifestarse sobre el comportamiento ajeno.
Combatir la injusticia
Dice T.H. Huxley: “Las consecuencias de nuestras acciones son espantapájaros para los cobardes, y rayos de luz para los sabios. El mundo es el tablero de ajedrez. Las piezas son los gestos de nuestra vida cotidiana; las reglas son las llamadas leyes de la naturaleza”.
Aunque esté concentrado en lo que hace, el guerrero de la luz no mira la injusticia con indiferencia. Sabe que todo es una sola cosa, que cada acción individual afecta a todos los hombres. Si ve a alguien que es víctima de ataques cobardes, blande su espada para poner las cosas en orden. Pero aunque luche contra la opresión, en ningún momento pretende juzgar al opresor. Todos responderán de sus actos ante Dios. Por eso, una vez cumplida su misión, el guerrero no hace ningún comentario. Un guerrero de la luz está en el mundo para ayudar a sus hermanos, y no para condenar al prójimo.
Evitar el pesimismo
Para ayudar a renovar la energía de la Tierra, hay que tener conciencia de que el pesimismo se contagia. El derrotismo se contagia. La desesperanza se contagia. La gente que tiene suficiente sensibilidad para ver el aura (vibraciones energéticas que envuelven a los seres vivos) percibe que, antes de que el dolor físico entre en el cuerpo, parte de la energía vital es drenada por el cerebro afligido y preocupado. Todo aquello que damos al día de hoy, de alguna manera nos será devuelto, en un ciclo muy semejante al que podemos ver en la naturaleza.
Aceptar algunos errores
El filósofo alemán F. Nietzsche dijo en una ocasión: “no vale la pena vivir discutiendo sobre todo; forma parte de la condición humana errar de vez en cuando”.
Sin embargo, todos conocemos gente que se empeña en tener razón hasta en las cuestiones más nimias. Nosotros mismos, muchas veces, nos incluimos en esta categoría: no nos permitimos errar. Lo único que conseguimos con esta actitud es el miedo a seguir adelante, pues ciertos pasos exigen nuevas decisiones, cuyos resultados desconocemos.
Y sobre todo, tener coraje
Para encarar con éxito este nuevo momento de la humanidad, para permitir que las ideas nuevas tengan espacio y que la energía de la Tierra sea renovada, hay que tener coraje. Coraje para enfrentarse a los prejuicios, para ser justo, para entender que todo aquello que hacemos afecta a la historia del mundo, para dar pasos hacia lo desconocido, aun sabiendo que de vez en cuando cometeremos un error.
Dios ya hizo su parte al crearnos y ponernos en el mundo. Ahora Él nos contempla con cariño y pide que hagamos nuestra parte.
Paulo Coelho
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