Distingamos un sueño de una meta.
Una meta es un sueño con una fecha concreta
para convertirse en realidad. Un sueño es solo un sueño,
algo que está fuera de la realidad.
Lo mejor es atreverse a soñar,
pero esforzándonos para lograr que esos sueños se hagan realidad.
Apuntemos hacia la luna, pues aunque nos equivoquemos,
iremos a parar a las estrellas…
Y cuando nos pongamos una meta difícil
o creamos que un sueño es imposible,
recordemos que el éxito es sólo la recompensa,
pues lo que vale es el esfuerzo.
No pretendamos que las cosas cambien, si siempre hacemos lo mismo.
La crisis, es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países,
porque la crisis trae progresos.
La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche oscura.
Es en la crisis que nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias.
Quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar superado.
Quien atribuye a la crisis sus fracasos y penurias,
violenta su propio talento y respeta más a los problemas que a las soluciones.
La verdadera crisis, es la crisis de la incompetencia.
El inconveniente de las personas y los países es la pereza
para encontrar las salidas y soluciones.
Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina,
una lenta agonía. Sin crisis no hay méritos.
Es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno,
porque sin crisis todo viento es caricia. Hablar de crisis es promoverla,
y callar en la crisis es exaltar el conformismo.
En vez de esto, trabajemos duro.
Acabemos de una vez con la única crisis amenazadora,
que es la tragedia de no querer luchar por superarla.
Albert Einstein

Hay algunas cosas demasiado bellas para poder describirlas con palabras.
Hace falta admirarlas con meditación y silencio para poder apreciarlas a plenitud.
Se necesitan pocas palabras para expresar lo esencial.
Los grandes discursos solo sirven para confundir y adoctrinar.
El silencio es a veces más revelador que un río de palabras.
Mira a una madre con su hijo cargado, el bebe sabrá obtener, todo lo que de ella quiere, sin necesidad de decir nada.
De hecho, las palabras deben de ser como una envoltura de los pensamientos.
No son necesarios discursos muy largos para expresar lo que siente el corazón.
Una mirada puede decir más que mil palabras.
Creo que la sabia naturaleza nos dio sólo una lengua y dos orejas para que oigamos más y hablemos menos.
Si lo que vas a decir no es mejor que quedarte callado, entonces para que decirlo.
Cuanto más grande y generoso es el corazón, menos son las palabras que se necesitan para expresarse.
Hace falta recordar estas sabias y filosóficas palabras:
Las palabras verdaderas (la verdad) no siempre son bonitas, pero las palabras bellas no siempre son verdad.
Es propio de las mentes grandes hacer entender muchas cosas con pocas palabras.
Los espíritus pequeños, por el contrario tienen el don de hablar mucho y no decir nada (¿de quién se recuerdan?)
El que sabe oír luego sabrá usar lo que oyó.
Para decir “te amo” solo hacen falta 2 palabras, todas las demás serán superfluas.
“Si” y “No” son las palabras más cortas y fáciles de decir, pero son las que acarrean las consecuencias más trascendentales.
Para que el ser humano aprenda a hablar solo hacen falta 2 años
Para que aprenda a callar… toda una vida
Ser comedido al hablar en vez de ser un defecto es prueba de gran sabiduría.
El que mucho habla en vez de esclarecer las cosas, las confunde.
El que mucho habla, mucho se puede equivocar.

El mundo acelerado en el que vivimos nos vuelve impacientes e irritables y nos impide gozar de las maravillas del mundo.
Tratamos de apresurar la madurez de nuestros niños.
A los cinco años, le decimos:
¿Por qué no te comportas como una persona mayor?
Queremos que se comporten como adultos, no porque sea mejor para ellos, sino porque es más cómodo para nosotros. Y nos privamos así de que nos ofrezcan su frescura, curiosidad, asombro y su alegría espontánea.
En cierta ocasión, un padre preguntó al rector de una universidad si el plan de estudios no podía simplificarse, a fin de permitirle a su hijo concluirlo “por medios más rápidos”.
Ciertamente -le respondió-, pero todo depende de lo que usted pretenda hacer de su hijo.
Un roble le toma cien años para crecer.
A una calabaza, le bastan dos meses.
La naturaleza suministra abundantes indicios de que nuestro ritmo apresurado no es natural.
Cuando uno abandona la ciudad y camina entre los árboles que crecen lentamente y las montañas silenciosas, uno absorbe un poco de la calma y tranquilidad de la naturaleza.
El sol se tomará siempre el tiempo que necesite para salir y para ponerse. No se le puede apresurar.
Sin embargo, en el mal uso de la paciencia corremos el riesgo de volvernos espectadores inactivos, en vez de hombres de acción, capaces de contribuir a que acontezca lo mejor. Paciencia no significa pasividad, es decir, esperar que todas las cosas se nos den hechas.
Es más bien el principio de comenzar anticipadamente y tomarse el tiempo que uno requiera para hacer las cosas.
Las mejores cosas de la vida no pueden apresurarse.
Harold Kohn

Apurados por las infinitas obligaciones que enfrentamos a diario, los festejos sociales son cada vez menos frecuentes.
Volvamos a abrir nuestros corazones y nuestros hogares para recibir a la familia y a los amigos.
Sería bueno preguntarnos qué nos gusta celebrar o, en todo caso, qué cosas celebramos en nuestra vida,
porque creo que estamos en un momento en el que las celebraciones se han transformado en situaciones corrientes,
mientras que cada vez nos juntamos menos a celebrar esos momentos especiales.
Me impresiona esta creciente dificultad que tenemos para festejar.
Lo que sí es notorio es que cada vez es más frecuente ver los restaurantes llenos de gente que se junta a conversar,
porque parecería que en casa nadie quiere hacerlo.
Las casas están impecables, casi desinfectadas, pero actualmente son visitadas por poca gente.
Esto es paradójico, porque al mismo tiempo las tenemos así de ordenadas para que, si alguien llegara a venir, las encuentre acogedoras,
y sin embargo no sabemos ni siquiera quiénes pueden llegar a ser esos visitantes.
Las casas deberían seguir siendo un lugar de encuentro y, aun desde la informalidad y la imperfección,
deberíamos poder encontrarnos con nuestros afectos.
Cuando yo era pequeña se celebraban tantas cosas…
Los cumpleaños, siempre, los santos, y había fiestas –y no feriados–
en los que nos juntábamos en familia simplemente para eso: estar juntos.
Es que los ritos siempre serán importantes, porque son el comienzo y el fin de algo.
Ayudan a cerrar etapas y a comenzar otras, y con eso vamos teniendo conciencia del paso del tiempo y de los afectos
que hemos sabido sostener a lo largo de nuestras vidas.
Hoy, cada vez con más frecuencia, escucho gente que no quiere celebrar sus cumpleaños,
o más mamás que se quejan de que a los cumpleaños los niños llegan sin regalo,
y es mucho más frecuente saludar por e-mail a alguien que llamarlo o ir a visitarlo, y mucho menos a su casa.
Deberíamos preguntarnos qué nos pasa con las celebraciones:
a usted, que lee esta columna, ¿le gusta celebrar?,
¿qué le pasa con su cumpleaños o con otros ritos?,
¿le gusta compartir con los viejos, con la familia y amigos,
o prefiere pasar por alto y continuar la rutina como si nada?
Los rituales y los festejos son una pausa, un detenerse a mirar la vida (nuestras vidas),
y por eso nos regalan la oportunidad de poner un freno y evaluar las cosas:
para intentar que el nuevo ciclo sea mejor que el anterior.
A partir de eso es que podemos asegurar que los ritos son sanadores y generan la posibilidad de encontrarse.
Por todos es sabido que siempre decimos que sólo vemos a algunos familiares en los funerales y en los casamientos y,
aunque suene divertido, creo que no debería ser así.
Sin embargo tengo que reconocer que, aun cuando se trata de esas situaciones, los encuentros también son importantes,
ya que hacen que nos coloquemos en frente de aquellos que, para bien o para mal, forman parte de nuestra historia.
Los invito a celebrar y, por sobre todo, a construir una vida que nos haga sentirnos orgullosos de lo que hacemos,
para que cuando lleguen los aniversarios podamos festejarlos desde la gratitud y la satisfacción y no desde la culpa o la insatisfacción.
No hay mayor placer para celebrar que sentir la gratificación del deber cumplido y desde ahí juntarnos con los que amamos.
Así que los invito a festejar todo, ¡y ojalá que con todos los afectos!
Seguro nos hará muy bien..
Pilar Sordo
Siempre es gratificante festejar, no sólo el cumpleaños, bautismo ó casamiento.
Es maravilloso festejar un futuro viaje,
los años de amistad con algún amigo del alma,
una mudanza a la casa soñada…
O simplemente festejar que todo está bien en la familia,
con los amigos… y con uno mismo!!!
Atesorar festejos, días de sol y noches de estrellas y luna
para recordarlas en días no tan felices, sin soles ni lunas
es actitud de un corazón sabio…
Caia Cantarelli