sábado, 7 de marzo de 2015

Agua mágica

En una aldea vivían un anciano y su anciana mujer.
Todo el día vivían discutiendo y gritándose el uno al otro: si el anciano decía una palabra, la mujer decía cinco; si el anciano le contestaba con diez, ella con quince. Todo con enojo, gritos, amenazas, sin acordarse a veces el por qué de la discusión.

¿Por qué peleamos? -preguntaba de repente el anciano,

¿Por qué?- ¡por tu culpa!, contestaba la anciana.

No- por la tuya, le respondía el anciano.

Y nuevamente la discusión, el enojo, los gritos. Día a día, año a año.

Un día, se cansaron los vecinos de tantos gritos y se dirigieron a la anciana:

-Escuchamos que en lo alto de la montaña, no lejos de aqui, vive un hombre sabio, que tiene en su poder "agua bendita y mágica" que logra curar a la gente de todo tipo de situaciones, a lo mejor puede lograr ayudarlos y poder de esta manera dejar ustedes de gritar y discutir.

Escuchó la anciana, las palabras de las vecinas, y se dirigió sola a la montaña a encontrar al hombre sabio.

-"¿Cómo puedo ayudarla?" -preguntó el anciano.

Le contó la anciana con lágrimas en los ojos, cuál era su problema con su esposo.

Escuchó el anciano sabio, y se dirigió a su casa, regresando al momento con una botella llena de agua. Dijo unas cuantas palabras mágicas, se la entregó a la anciana y le dijo:

-Toma esta botella de agua, simpática anciana, y cuando comience su esposo a pelear, discutir, maldecir, etc... toma unas gotas de esta botella, y mantén el agua en tu boca. No la escupas ni la tragues hasta que tu esposo se calme. Haz así cada vez que comience la discusión, si lo haces, ellas llegarán a su fin y dejarán de dicutir y pelear.

-¡¡¡Gracias!!! -le dijo la anciana, y regresó a su casa con la botella de agua mágica.

Cuando la escuchó su esposo entrar, comenzó con sus gritos: "¿dónde estuviste?, ¡¡¡por qué no está lista la comida!!!"
La anciana, sin contestarle, tomó un poco del agua y la mantuvo en su boca. Mientras el anciano seguía gritando y discutiendo. Y ella calló.

Vio el anciano que ella no le contestaba, y también calló.
La anciana preparó la comida mientras susurraba una alegre melodía.

Después de una hora, nuevamente empezó el anciano a pelearle, "¡Mira la casa!, ¡sucia y desarreglada!".
La mujer se sintió ofendida y quiso responderle, pero en vez de ello, tomó un poco del agua de la botella, y calló.

Vio el anciano que ella no le respondia, y también calló.

Y así ocurrió una y otra vez. Cada vez que él comenzaba a discutir, ella tomaba del agua y esperaba que él se tranquilice. Y cuando ella tenía ganas de discutir o gritar, tomaba del agua hasta calmarse.

Con el tiempo, dejaron los ancianos de discutir, pelear y gritar. Y aprendieron a vivir con una gran tranquilidad.

Ella le contó sobre el agua mágica y juntos decidieron subir a la montaña a agradecer al hombre sabio, por el agua mágica que cambió sus vidas.

"No es agua bendita o mágica la que les he dado, sino simple agua, la acción de controlarse es la que les enseñó a vivir sin peleas y gritos, dándose tiempo antes de responder, pensando qué y cómo decir las cosas"

Se miraron la anciana y su anciano esposo y sonrieron. Y así continuaron su vida juntos, con la importante enseñanza.

Desconozco su autor

miércoles, 4 de marzo de 2015

Siéntate te tengo una sorpresa

Pasó hace pocos días, en el mes de agosto de 2004. Un señor llega a su casa, en un rincón de Florida. Está cansado del trabajo, oprimido por el calor.

Su esposa le recibe, se acerca y le dice:

-Siéntate, te tengo una sorpresa.

Él se sienta en el sofá, y ella le trae... un vaso de agua con hielos.

A veces basta poco, muy poco, para que la vida sea más bella. Esta vez ha sido ella la que le ha dado una magnífica “sorpresa” a su marido. Mañana será él quien le diga a ella: «¿Salimos de compras? ¿A dónde quieres que vayamos?» Pasado mañana será el hijo que vive lejos: llama por teléfono a sus padres simplemente para decirles que está muy contento de poder hablar con ellos así, sin más, sin tener que dar ninguna noticia especial.

Sí: basta poco para que la llegada a casa no sea un momento de preocupaciones, sino de alegrías, de confianza, de amor.

Basta poco... Pero a veces no damos ese poco, porque no pensamos en el otro, o porque esperamos que nos sirvan sin que se nos ocurra antes que podemos ser los primeros en servir, o porque se nos ha oxidado un poco el amor y la ilusión de ofrecer algo a quien vive a nuestro lado.

«Siéntate, te tengo una sorpresa». No ha sido oro, ni un cheque, ni una corbata nueva. Ha sido, simplemente, un vaso de agua fresca. Un agua deliciosa, buena, pero, sobre todo, bañada de cariño...

P. Fernando Pascual

lunes, 2 de marzo de 2015

El segundo mandamiento del éxito

Debes aprender que, con paciencia, puedes mejorar tu destino.

Debes saber que, mientras más tenaz sea tu paciencia, más segura será tu recompensa.

No existe ningún gran logro que no sea el resultado de un trabajo y de una espera pacientes.

La vida no es una carrera. Ningún camino será demasiado largo para ti si avanzas deliberadamente y sin prisa.

Evita, como la peste, todo carruaje que haga un alto para ofrecerte un rápido viaje a la riqueza, la fama y el poder. La vida tiene condiciones tan duras, hasta en sus mejores momentos, que las tentaciones, cuando hacen su aparición, pueden destruirte. ¡Camina.! Puedes hacerlo.

La paciencia es amarga, pero su fruto es dulce.

Con paciencia puedes soportar cualquier adversidad y sobrevivir a cualquier derrota.

Con paciencia puedes controlar tu destino y tener lo que desees.

La paciencia es la clave de la satisfacción para ti y para los que deben vivir contigo. Comprende que no puedes apresurar el éxito del mismo modo que los lirios del campo no pueden florecer antes de la estación.

¿Qué pirámide se construyó alguna vez si no fue piedra sobre piedra? ¡Cuán pobres son los que no tienen paciencia! ¿Qué herida sanó alguna vez a no ser poco a poco?

Todos lo inapreciables atributos que los hombres prudentes proclaman como necesarios para alcanzar el éxito, son inútiles si no tienes paciencia. El ser valiente sin paciencia puede matarte. El ser ambicioso sin paciencia puede destruir la carrera más prometedora.

El esforzase por alcanzar la riqueza sin paciencia no hará sino separarte de tu magra bolsa. El perseverar sin paciencia es siempre algo imposible. ¿Quién puede dominarse, quién puede perseverar sin la espera que es uno de sus atributos?

Empléala para robustecer tu espíritu, para dulcificar tu carácter, para calmar tu enojo, para sepultar tu envidia, abatir tu orgullo, refrenar tu lengua, contener tu mano y entregar todo su ser, a su debido tiempo, a la vida que mereces.

Desconozco su autor


sábado, 28 de febrero de 2015

Las flores

Un hombre trabajaba en una fábrica distante cincuenta minutos de ómnibus de su casa. En la siguiente parada subía una señora anciana que siempre se sentaba junto a la ventana. Ella abría la bolsa, sacaba un paquetito y se pasaba todo el viaje arrojando alguna cosa para afuera. La escena siempre se repetía y un día, curioso, le preguntó qué arrojaba por la ventana.

- Tiro semillas, respondió ella.

- ¿Semillas?, ¿De qué?

- De flores. Es que veo para afuera y la calle está tan vacía... me gustaría poder viajar viendo flores coloridas por todo el camino. ¡Imagine cuán bello sería!

- Pero las semillas caen sobre el asfalto, son aplastadas por las ruedas de los autos, devoradas por los pájaros... ¿Cree usted señora que las semillas germinarán a la vera de la calle?

- Así es hijo mío. Aunque muchas se pierdan, algunas acaban cayendo en la tierra y con el tiempo van a brotar.

- Aún así... demorarán en crecer... necesitan agua...

- ¡Ah! Yo hago mi parte. Siempre hay días de lluvia. Y si alguien arroja semillas, las flores nacerán...

Diciendo esto, se dio vuelta hacia la ventana. El hombre quedó pensando que la señora estaba senil.

Un tiempo después, en el mismo ómnibus, el hombre al mirar para afuera vió flores en la vereda del camino... muchas flores. El paisaje colorido, perfumado y lindo. Se acordó entonces de la señora. La buscó en vano. Le preguntó al chofer que conocía a todos los pasajeros del viaje.

- ¿La viejita de las semillas? Pues murió hace cerca de un mes.

El hombre se volvió a su asiento y continuó mirando el paisaje florido por la ventana.

- Quién diría... ¡las flores han brotado! Pero ¿de qué le valió su trabajo? ¡Murió y no pudo ver toda su belleza!

En ese instante oyó risas de criaturas. En el asiento de enfrente, una niña señalaba por la ventana entusiasmada.

- ¡¡¡Mira qué lindo!!! ¡Cuántas flores por la calle! ¿Cómo se llaman aquellas?

Entonces entendió lo que aquella señora había hecho: Aunque no estaba ahí para ver, hizo su parte... dejó su marca, la belleza por la contemplación y felicidad de las personas.

Al día siguiente, el hombre subió al ómnibus, se sentó junto a la ventana, sacó un paquetito de semillas del bolso... y así dio continuidad de la vida, sembrando con entusiasmo y alegría sus semillas.

El futuro depende de nuestras acciones presentes. Si sembramos buenas semillas, los frutos serán igualmente buenos.

¡Vayamos a sembrar nuestras semillas ahora!

Desconozco su autor


lunes, 23 de febrero de 2015

Ciento por uno

Iba yo por el camino de la aldea, cuando tu carroza apareció a lo lejos, magnífica y resplandeciente. Y al pasar junto a mi se detuvo. Entonces tú me miraste a los ojos y bajaste sonriendo. Sentí que me invadía la felicidad de la vida y pensé que las penurias de mis días malos habían terminado.

Más luego tú me tendiste tu diestra y me dijiste: "¿Puedes darme alguna cosa?" ¡Ah, que ocurrencia la de tu realeza, pedirle a un mendigo! Yo estaba confuso y no sabía que hacer, entonces saqué lentamente de mi saco un granito de trigo y te lo di.


Pero que tristeza la mía, cuando al caer la tarde y vaciar mi saco en la arena, encontré un granito de oro en la miseria del montón. Qué amargamente lloré el no haber tenido corazón, para darme todo.

R. Tagore